En la madrugada del sábado 23 de febrero, a las 3.34, el piso de mi cabaña en el sur se movió. Empezó lento y luego ¡bum! Fuerte, como la lava que salía del volcán Villarrica al otro día del terremoto. Se cortó la luz, no podía hacer llamadas y las radios chilenas cayeron al suelo con la conexión. Yo, en la Región de la Araucanía, me preguntaba dónde es el epicentro. Si habrá sido más fuerte o no y cómo estaba mi familia. No se sabía nada. Era un milagro que la llamada pasara por el celular.
Las únicas emisoras que empecé a captar, junto con mis padres y prima, fueron las argentinas. Gracias a los vecinos logramos saber qué estaba pasando en este mundo. Hablaban de un sismo fuerte, donde "parece" fue en Chile su origen. Yo histérica por la poca señal mi papá fue a crear una antena para el auto.
Todos dentro del vehículo, en una noche que no hacía frío y que nos habíamos acostado tarde por el "Festival de Viña del Mar". Reímos harto y hasta bailamos mientras veíamos la televisión. Luego, cada uno se fue a refugiar en la cama para dormir. Yo, con la luz encendida, estaba estudiando teoría política. Leyendo unos autores estúpidos que estaban haciendo fundir mi cerebro y luego todo cambió. Todo fue un giro de 2 minutos... Una central estadounidense que ve los sismos hablaba de 8.8 en la escala de Richtell. Mi corazón latió más fuerte al momento de saber que el epicentro fue en Concepción (a noventa kilómetros de la ciudad en Conquecura, un pueblo pequeño). Y luego, informarme que un tsumani arrasó allá.
Boca abierta y agradecida por estar bien, no cerré ni un ojo en todo ese día. Sentía dolor, mucho dolor y costernación por la cantidad de personas muertas y damnificadas.
Un amigo me decía hoy: "Pero que pequeños somos, ni nos damos cuenta de lo fragil que es todo"
(*) Las réplicas aún siguen.
